Tierra colorada
I
En esa parte de Misiones, la gente tenía dos certezas: que la tierra roja se pega para siempre a las suelas y que los Méndez Garay y los Barlifiti nunca iban a ponerse de acuerdo en nada. Del origen de la enemistad, nadie podía hablar con seguridad: unos decían que por una franja de monte mal medida, otros por una mujer que eligió un apellido y no el otro, otros por una marca en un terreno que cambió de alambrado una noche de tormenta.
Lo único que repetían todos, en las sobremesas largas y en las jineteadas de pueblo, era una frase vieja, probablemente más joven que el odio:
—El nombre de Méndez se va a venir abajo el día que el caballo de Barlifiti cruce solo el alambre.
La palabra era esa: solo. No llevado, no espantado, no siguiendo a nadie. Solo. La frase tenía la vaguedad precisa para servir en cualquier conversación. Había quienes se la tomaban en serio y quienes se reían. Don Guillermo Barlifiti, el último de los suyos en manejar tierra con las manos, solía contestar que ningún caballo suyo cruzaba un alambre solo. Para eso tenía ojos, manos y hombres.
Los Méndez Garay, en cambio, ya no eran de caballo sino de avión. Hacía años que vivían entre Buenos Aires y otros sitios donde las decisiones se tomaban bajo techo, con aire acondicionado y micrófonos. La estancia seguía ahí: un casco de principios del siglo XX, con galería de baldosas gastadas, techo de chapa bajo la teja y un comedor largo donde la humedad había ido apagando los colores de un mural antiguo.
En ese mural se veía una escena de otra época: un caballo zaino en el suelo, las patas dobladas de mala manera y, encima, clavándole la rodilla en el pecho a otro hombre, un jinete joven con rasgos parecidos a los de los Méndez de ahora.
—Es un bisabuelo —decían algunos.
—Es un invento —decían otros.
La familia prefería no hablar del mural. Lo dejaban ahí, como se deja un documento viejo en un cajón: a mano, pero sin mirarlo demasiado.
Federico Méndez Garay sí lo había mirado.
De chico había pasado allí apenas tres veranos, antes de que la familia se fuera del todo a Buenos Aires. No recordaba casi nada del campo, salvo dos cosas: el olor agrio del comedor en los días de lluvia y el caballo del mural. Una vez, con ocho o nueve años, se cayó de un petiso ensillado para las fotos y se golpeó la boca contra el suelo. Mientras le salía sangre por las encías, juró que el caballo pintado lo estaba mirando. Después se acostumbró a contarlo como una anécdota graciosa, pero nunca volvió a entrar solo en ese comedor de noche.
Cuando murió su padre, la prensa porteña habló de «una pérdida para la política nacional». En Misiones se habló de otra cosa: de quién iba a quedarse con la llave de la casa y con las hectáreas que seguían figurando a nombre de la familia en los mapas viejos.
Federico tenía veintidós años y ya era famoso por razones distintas a las del padre. No había hecho falta que terminara ninguna carrera para salir en las revistas: le bastó con estrellar un auto caro contra una columna en Puerto Iguazú, de madrugada, después de una fiesta en un hotel con vista a las cataratas. En las fotos sonreía con la camisa manchada de algo que no era sangre, rodeado de gente que no se sabía si eran amigos o extras.
El día del entierro vino al campo en helicóptero. Bajó con gafas oscuras, aunque el cielo estaba nublado, y un traje que no tenía nada que ver con los trajes de luto de los peones. Se dejó abrazar, dijo lo justo, miró poco hacia el lado donde estaban los Barlifiti, que habían ido igual, por costumbre y por protocolo.
—Ahora sí que se nos viene la ciudad encima —dijo alguien en la fila de los hombres del pueblo.
Durante las primeras semanas, las expectativas se cumplieron. Federico llenó la casa de amigos, hizo asados larguísimos, organizó carreras de camionetas por los caminos internos, trajo gente de Buenos Aires para que se hiciera fotos con la tierra roja hasta el tobillo. Desde la ruta se veían luces a cualquier hora.
Don Guillermo Barlifiti miraba todo eso desde su casa, que quedaba pegada al alambrado, del otro lado de un arroyo. Tenía setenta y cinco años, los pulmones gastados y la cabeza todavía más dura que el quebracho. Su orgullo no eran las décadas de pagar sueldos a tiempo ni la resistencia a vender la tierra, sino otra cosa más simple y más honda: sus caballos.
Tenía uno, en particular, que trataba distinto. Un zaino colorado oscuro, de cuello largo y ojo atento, que había nacido en su campo una madrugada de tormenta y al que muchos consideraban una exageración del propio don Guillermo: demasiado entero, demasiado vivo, demasiado consciente. Le había puesto de nombre Sombra, pero afuera casi nadie usaba ese nombre. Decían «el colorado de Barlifiti» y alcanzaba.
A Sombra no lo prestaba, no lo vendía y casi no lo mostraba. Salía con él a revisar rodeos al amanecer y volvía antes de que el sol se pusiera bravo. Había quien juraba que ese caballo conocía cada árbol y cada piedra del lugar mejor que nadie.
—El día que ese bicho se vaya de acá, yo me voy con él —decía a veces el viejo, medio en broma, medio en serio.
II
La noche del incendio fue una de esas noches que después todos recuerdan como si hubieran estado despiertos de punta a punta.
El viento había cambiado a la tarde. Venía caliente, desde el norte, trayendo olor a monte seco. Los peones miraban el cielo cada tanto, por costumbre. No hubo relámpagos ni rayos ni nada que justificara lo que pasó después. Solo un resplandor detrás de los galpones de los Barlifiti, primero tenue, después más vivo, que empezó a pintar de naranja los troncos de los eucaliptos y las chapas onduladas.
—Se está quemando algo en lo de Barlifiti —dijo alguien en la mesa del comedor de los Méndez.
Federico se levantó con desgana, fue hasta la galería, miró el horizonte y sonrió de una forma que nadie supo leer.
En la casa de los Barlifiti el fuego empezó por los rollos de pasto y saltó rápido a los techos bajos de las caballerizas. Los peones corrieron con baldes, después con mangueras, después con nada, porque el calor los echaba para atrás. Don Guillermo salió sin camisa, en chanclas, y se metió adentro de las naves de madera como si el humo no fuera con él.
—¡Sacá al colorado! —le gritaban.
Lo vieron desaparecer entre los caballos que pataleaban, los bozales rotos, la madera que crujía. Lo vieron volver una vez, tosiendo, con un potro cualquiera de la rienda. Lo vieron entrar de nuevo. Lo vieron cada vez menos.
Nadie vio salir a Sombra.
Nadie vio salir a don Guillermo.
A la mañana siguiente alguien fue a la comisaría del pueblo a «dejar constancia». En el acta no figuraba «Sombra», claro. Figuraba: equino zaino colorado, no localizado. Y debajo: propietario, masculino, 75 años, no localizado. Luego, como siempre: Archívese a la espera de novedades.
Del lado de los Méndez, el resplandor entraba ya por las ventanas del comedor. Federico se había quedado solo en el salón grande, con la luz apagada, fumando. El mural del caballo derribado y el jinete joven quedaba justo enfrente de la mesa principal.
No supo decir después cuánto tiempo estuvo mirándolo.
Al principio no parecía diferente a otras noches: la pintura ajada, el caballo caído, el gesto impreciso del hombre que lo montaba. El humo del cigarrillo subía lento, trazando líneas delante de la pared.
Fue cuando un golpe de luz del incendio entró por los ventanales y blanqueó el comedor de golpe que creyó ver algo.
El cuello del caballo no estaba donde siempre.
No era un movimiento claro. Más bien una desobediencia de la pintura. Donde antes la cabeza caía hacia el suelo, ahora parecía extenderse un poco, orientada hacia él. Los ojos, que siempre habían sido dos manchas oscuras, parecían tener un brillo húmedo, rojizo, como si estuvieran reflejando un fuego que no venía de afuera.
Federico parpadeó.
La imagen siguió allí.
Se le erizó la nuca.
Se levantó despacio de la silla. Otro resplandor del incendio proyectó su sombra sobre la pared. Durante un segundo, su silueta se mezcló con la del jinete pintado.
El caballo del mural parecía mirar esa sombra.
Federico se oyó respirar demasiado fuerte y se rió solo, sin sonido.
Del otro lado de la casa, en el corral chico que daba a la arboleda, un caballo colorado pateaba contra los palos como si todo el fuego de la provincia le hubiera caído encima.
III
A la mañana siguiente, cuando los peones fueron a ver el animal que había aparecido durante la noche, lo encontraron junto al alambrado, temblando todavía, con el pelo chamuscado y un tajo en el anca que parecía hecho por un alambre de púas.
—Es el colorado de Barlifiti —dijo uno.
—No puede ser —respondió otro—. Ese caballo se quemó anoche. Todos lo vimos.
Se acercaron con cuidado. El animal no se movía. Los miraba con una fijeza que no era solo de animal.
Uno de los peones fue a avisar a Federico. Lo encontró en el comedor, con la misma ropa de la noche anterior, sentado frente al mural. Cuando le hablaron del caballo, tardó unos segundos en reaccionar.
—¿Qué caballo? —preguntó.
—El colorado. El de don Guillermo. Apareció esta noche en el corral chico.
Federico salió a la galería. Desde allí lo vio: grande, oscuro, con esa mancha encendida en el lomo que parecía más sangre seca que pelo. El caballo levantó la cabeza y lo miró.
No fue un relincho ni un resoplido. Solo una mirada sostenida, como si estuviera esperando que él dijera algo.
—No es de ellos —dijo Federico, sin volverse hacia los peones—. No tiene marca.
—Sí, tiene —respondió uno—. Mire el anca.
Federico miró. Sobre el tajo reciente, casi borrada por el fuego, se adivinaba una cicatriz vieja: una marca torcida, comida por los años. Podía ser una B. Podía ser otra cosa. Bastaba para que los peones se entendieran entre ellos.
—Es el colorado —insistió el hombre.
Federico siguió mirando el anca quemada.
—Si cruzó para este lado —dijo al fin—, ya no era de ellos.
Nadie contestó.
—Lo quiero en mi caballeriza —añadió—. Solo.........
La historia continúa
Este es solo el comienzo de «Tierra colorada», uno de los seis relatos incluidos en Los que vuelven tarde.
Los que llegan tarde
Adelanto de «Tierra colorada»
Leé las primeras páginas del relato que abre Los que vuelven tarde.
